“Esposos, es decir, padres siempre”, reflexiones sobre “La vida buena”

traducción de Jorge Enrique López Villada para Kaire 

Continúa, también en el mes de julio, la colaboración del cardenal Angelo Scola, con el «Messaggero di sant’Antonio». Que cada mes se dirige a los lectores de la revista hablando de la vida buena, relacionándose con el homónimo libro-entrevista con el periodista Aldo Cazzullo. 

Engendrar, para el hombre y la mujer, no es  sólo traer algo al mundo, sino comunicar concretamente el sentido profundo de la vida. Esto es siempre posible para todos los esposos, también para aquéllos a quienes la fecundidad física es negada dolorosamente.  

Angelo Scola 

Visita pastorale a San Marcuola

Lo hemos dicho desde el principio: si no es fecundo no es amor. Porque, decían los antiguos, bonum semper diffusivum sui, el bien es imparable, como un río en crecida. Vale para la fecundidad, lo que hemos dicho sobre la fidelidad. No es algo sobrepuesto al amor, algo que pueda ser o no ser, sino que pertenece a la sustancia del amor. “¿Pero entonces? – leo en vuestras miradas perplejas -. Primero se nos dice que el hijo no es nunca un derecho y luego se nos dice que el amor siempre es fecundo: ¡las cuentas no cuadran! “.

Para entender hace falta inclinarse, una vez más, sobre el misterio nupcial del que somos hechos. “Nuestro cuerpo – recientemente Benedicto XVI lo ha dicho – lleva en sí un significado filial, nos habla de un Origen que nosotros no nos hemos otorgado a nosotros mismos”. Hay una Paternidad profunda, constitutiva de cada hombre, que los esposos están llamados a servir. Es aquella de Dios. Aún cuando esta vocación viniese trágicamente desconocida o rechazada, ella no sería menos, como el profeta Isaías nos lo recuerda: “Aún si tu madre o tu padre te olvidaran, yo no te olvidaré nunca.”  

La fe, pues, hace brillar dos datos de la humana experiencia hoy a menudo muy olvidados, cuando no intencionalmente censurados. Primero: No se es padre y madre si no se es hijo. En la familia – continúa el Papa – “la identidad de cada uno (esposo, padre, hijo) se basa en el ser llamados al amor, a recibirse de otros (progenie) y a donarse a otros”. Segundo: Engendrar, para el hombre y la mujer, no es  sólo traer algo al mundo (también los animales lo hacen) sino comunicar concretamente el sentido de la vida, introducir a un buen destino. Y esto siempre es posible para todos los esposos, también para aquellos a los que la fecundidad física fuese negada dolorosamente. Ellos pueden volverse, incluso, por todos los hermanos, una señal privilegiada de la generación nueva nacida bajo la cruz, cuando Jesús confió al discípulo predilecto a la Madre – “Mujer, he aquí a tu hijo” – y María a Juan – “He aquí a tu madre” -. Y desde aquella hora el discípulo la acogió consigo. El gesto de Juan va más allá del no haber sido engendrado físicamente por María, esto le permite participar de una relación filial con Jesús a quien la Virgen ha engendrado en la carne y en la sangre.  

A este respecto no me olvidaré nunca de un episodio vivido hace muchos años en Brasil, en una zona apartada de la Amazona a donde fui a visitar a un amigo misionero. Me parece de volver a ver la escena. Saliendo de la iglesia, al final del funeral de una madre de una decena de hijos tenidos de hombres diferentes, el misionero, padre Augusto, recogió alrededor de si a los diez niños y empezó a preguntar al grupo de mujeres allí presentes: “¿Quién se lleva a éste? ¿Quién a este otro”?. En pocos minutos todos los diez niños encontraron cada uno su nueva casa. Los pobres saben ser solidarios y acogedores. Abandono, adopción: elecciones que nosotros hombres del norte, contagiados por una mentalidad dominante, tendemos a sentir como excepcionales, reservado a esposos “heroicos” y súper dotados también económicamente. En cambio, la acogida debería ser una dimensión normal, sobre todo de una existencia cristiana.  

Ella es la imitación más simple y más grande del amor que Dios da a los hombres. ¡No por nada, con el Bautismo, nos convertimos en hijos adoptivos de Dios! Ciertamente, engendrar a un hijo ya nacido es una aventura que presenta rasgos dramáticos, y no hay relación afectiva, incluso las naturales, que no impliquen la necesidad del sacrificio. Cada madre y cada padre conocen bien esta ley, porque la tentación de la posesión – no permitirle al hijo de ser hasta el final otro, es decir, realmente libre – siempre amenaza el amor paternal y maternal. De esta gratuidad absoluta nosotros no somos capaces: tenemos que recibirla continuamente, como el hijo pródigo, del Padre que continuamente la dona.