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"Perdido y encontrado" por Oliver Jeffers
por María Lourdes
4.05.11
Por eso será que me conmueve tanto “Perdido y encontrado” por Oliver Jeffers, que ilustra con sentido de humor un mensaje tan sencillo como profundo:el valor de una verdadera amistad.
De camino al Polo Sur, el niño le habla al pingüino porque éste le escucha atentamente y juntos sobreviven tormentas. Cuando el niño deja al pingüino en el Polo Sur y se aleja, el fiel pingüino le sigue, buscándole con todo cariño. Al final, eso hace posible el gran abrazo que se dan al encontrarse, antes de volver juntos para compartir más experiencias. El niño aprende poco a poco a apreciar esa singular amistad, igual que los apóstoles del Señor tuvieron que desarrollar su amistad con el Señor y entre ellos mismos.
Es Dios mismo el que nos acompaña en todo momento hasta que nos percatamos de Su Presencia y nos damos cuenta de que tenemos que decidir la clase de relación que tendremos con Él. Él ya ha manifestado: “No os llamo siervos, sino amigos” (Jn. 15, 15) y ha demostrado sobre la cruz que: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13). Como explica Sto. Tomás de Aquino: “Es propio del amigo hacer bien a los amigos, principalmente a aquellos que se encuentran más necesitados.” (“Etica a Nicómaco”, 9,13) Y nos podríamos pensar de vez en cuando que Le hacemos favores a Dios, como se pensaba el niño del cuento respecto al pingüino, pero nosotros somos siempre los necesitados, y no hay mayor necesidad que la del alma que se encuentra en pecado mortal y se excluye de la compañía de Dios. Las manos y costado traspasados del Señor <iframe width="480" height="390" src="http://www.youtube.com/embed/oi1-wFj1P-c" frameborder="0" allowfullscreen></iframe> “Suma Teológica” 22, q. 27, a. 1) y Él nos supera a todos en Amor. Por la razón que fuera, cada apóstol abandonó al Señor en Getsemaní, como hizo el niño del cuento con el pingüino, y cada uno tuvo tiempo entre el Viernes Santo y el Domingo de la Resurrección para meditar los acontecimientos, para darse cuenta de lo que significaba la pérdida del Señor en sus vidas. Le echaban de menos y creían haberle perdido. Pero, el Señor no guarda rencor alguno. De la misma forma, al pingüino le podría haber parecido extraño que el niño se alejara de él después de haberle escuchado con tanta paciencia en un viaje que él no había ideado. Sin embargo, a pesar de su tristeza, sigue queriendo estar con el niño. Como explica S. Juan Crisóstomo: “Si una desatención, un perjuicio en los intereses, la vana gloria, la envidia, o cualquier otra cosa semejante, bastan para deshacer la amistad, es que esa amistad no dio con la raíz sobrenatural.” (“Hom. sobre S. Mateo”, 60). Sería entonces una amistad corriente y superficial. Y eso no es lo que el Señor desea de Sus apóstoles, de ninguno de ellos, y les desea Su paz. Los apóstoles que Le han visto resucitado le confían a Sto. Tomás, según el Evangelio del Domingo de la Divina Misericordia [1.5.2011]: “Hemos visto al Señor” (Jn. 20, 25). ¿Qué importaba si Sto. Tomás no quería creerles o si parecía que se apartaba de ellos? Tenían que compartir su alegría y no le echaron del grupo por su falta de fe.
¡Y cómo habría aumentado en Sto. Tomás el deseo de encontrarse con el Señor! Sería en su interior como el niño del cuento llamando al pingüino que creía perdido. A pesar de la compañía de los otros apóstoles, algo más, lo más importante, le faltaba a Sto. Tomás: saber si el Señor también le amaba a él en concreto. Después de todo, no se le había aparecido todavía. ¿Es que ya no contaba con Su amistad? ¿Por qué no le mostraba el Señor la suficiente confianza como para quitarle las dudas? Sería natural si se preguntara todo eso, ya que: “Es preciso también que el amor sea mutuo, pues el amigo es amigo para el amigo. Esta correspondida benevolencia se funda en alguna comunicación.” (Sto. Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, 22, q. 23, a. 1). El Señor no desilusiona a Sto. Tomás y le dice: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.” (Jn. 20, 27). Ya no tiene ante sí sólo a su Mejor Amigo, el que le demuestra que “…la dulzura del amigo consuela el alma” (Pr. 27, 9), sino que también le es concedido la fe para proclamar la relación que le marcaría el resto de su vida: “¡Señor mío y Dios mío!” Tenía ante sí al mismo Señor que nos acompaña mientras navegamos por esta vida aunque persigamos nuestros propios planes sin consultarle, el que nos escucha siempre por más que nos repitamos, el que no se da por vencido cuando Le dejamos a un lado y siempre está dispuesto a abrazarnos. ¿Cómo Le correspondemos ese Amor infinito?
[Citas de santos de “Antología” de Francisco Fernández-Carvajal]
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