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La familia demuestra de lo que es capaz en las crisis
Cuando las cosas van mal, cuando hay problemas
serios, los lazos familiares saltan como un resorte natural y se
ponen en marcha mecanismos de solidaridad sin parangón en la
historia de la humanidad
José Rafael Sáez
March 14/12/2011 Comenzaré por una afirmación contundente: si no fuera porque todavía existe una institución familiar potente en España, en estos momentos estaríamos enzarzados en una nueva guerra civil de todos contra todos, una batalla campal repleta de disturbios por la supervivencia. Con la enorme cantidad de personas sin empleo, muchas de ellas ya sin ningún ingreso, el pueblo habría repetido ya la historia y se habría lanzado con hoces y horcas al asalto de las despensas de los palacios de Versalles. Léase, en términos hodiernos: hipermercados y tiendas, edificios institucionales y las sedes de los partidos políticos culpables (y no culpables).
Sólo hay en el mundo un motor revolucionario más
potente que el hambre propia: el hambre de los hijos. Las
revoluciones, aunque instrumentalizadas por ideólogos, las han
hecho los padres al ver a sus hijos en la miseria, la enfermedad, la
inanición y la muerte. Es un instinto salvaje, primitivo, el
instinto de protección de la prole. No conoce el miedo, ni límite
alguno, ni legal, ni moral, ni de ninguna clase, cuando se hace
acuciante y extremo. Esa fuerza movió a los franceses a asaltar la
Bastilla, a los rusos a masacrar a los zares, a los mineros ingleses
a inventar las huelgas, a hombres y mujeres de todas las épocas y
todos los lugares a salir a la calle a la desesperada para tratar de
acabar por la fuerza con la tragedia.
Para ser exactos, son dos los fenómenos que están
sujetando el ciclópeo problema de la crisis que sufrimos. Uno es la
economía sumergida, como todo el mundo sabe. El otro es la amplia y
poderosa red de apoyo familiar, de solidaridad entre parientes, que
se ha desplegado por toda la geografía española. Estas redes de
apoyo familiar son más fuertes en los países del sur de Europa,
como España, Portugal, Grecia e Italia. Quizá por la tradición
cristiana católica de casi todos ellos. Los países más al norte,
con la institución familiar más débil, ya pueden hacer bien los
deberes económicos, porque si llegan a la situación española,
reventarán en un estallido de conflictos internos que no podrán
detener ni con tanques en las plazas.
Las relaciones familiares casi nunca son fáciles.
Los sentimientos amor-odio son frecuentes. Hay crisis en la
convivencia de la pareja que fundamenta la familia, dificultades en
la relación entre hermanos, conflictos intergeneracionales entre
padres e hijos… La convivencia desgasta y pone a prueba cualquier
relación. Los vínculos de sangre, no elegidos libremente, a veces
resultan cargantes. Todo eso es cierto. Pero, cuando las cosas
van mal, cuando hay problemas serios, los lazos familiares saltan
como un resorte natural y se ponen en marcha mecanismos de
solidaridad sin parangón en la historia de la humanidad. Las
posibles diferencias pasan a un segundo plano y la unidad familiar
pasa a ocupar la primera plana.
En estos momentos de profunda depresión, en los que
cada cual parece ir a su propio interés, la familia está salvando
la situación. ¡Cuántas familias con un solo sueldo del cual viven
muchas veces incluso un elevado número de miembros! ¡Cuántos
padres estirando sus pagas de jubilación para sostener a sus hijos
parados en casa! ¡Cuántos hijos pasándose ayudas económicas
entre sí o donándoselas a sus padres! ¡Cuántas mesas familiares
que han vuelto a reunir a todos los miembros en torno a un plato de
caliente! ¡Cuántos préstamos sin intereses entre familiares! ¡Cuánto
apoyo moral en medio de la desesperanza!
Viendo estas realidades, uno no sabe si llorar o
indignarse ante el menosprecio que infinidad de ideólogos,
intelectuales, políticos y otros personajes muestran hacia la
institución familiar. Porque la familia solidaria de la que hablo
no es la de las “nuevas realidades familiares”, esa nube de todo
tipo de asociaciones de personas que se ha apropiado del concepto de
familia, sino la de la familia natural, la familia de siempre, con
su papá y mamá unidos de forma estable y sus hijos. Una familia
que respeta y cuida a sus mayores, que entrena en el apoyo mutuo,
que trabaja por su estabilidad aunque a veces le falle, que hace de
la convivencia su principal ocupación. Una familia que es escuela
de valores de primera necesidad.
Una de las mayores insensateces imaginables es la
de atacar a la familia, debilitarla, despojarla de sentido,
puentearla, tratar de relevarla. El “divorcio exprés”, la
destrucción del concepto de matrimonio, la ideología de género,
el aborto, la eutanasia, las asignaturas escolares sectarias, el
feminismo radical y otros muchos ataques a la familia son, sin quizá
saberlo, ataques al corazón mismo de la sociedad, a la piedra clave
que sostiene todo el edificio, al cimiento que sustenta la
construcción. El que destruye a la familia destruye a la sociedad,
pues priva a ésta del cemento que le da consistencia. Pero, claro,
el poder totalitario, que de forma invariable quiere controlar todas
las mentes individuales, no soporta a la institución familiar.
Unos, los “evolucionistas”, aseguran que la
familia cumplió un papel importante en el pasado, pero que hoy en día
es un impedimento para el progreso. Es la teoría marxista, que
analizó a la familia a la luz de la “lucha de clases” y acabó
condenándola dentro del despreciable saco de las imposiciones
burguesas a desmantelar. Son los defensores del “Estado Padre”
(que no otra cosa es la utopía del “Welfare State” o “Estado
del Bienestar”) que habrá de sustituir a la familia próximamente.
En gran parte de Europa casi lo ha conseguido. Ya hemos visto en
España a dónde lleva ese delirio socialista: a un Estado quebrado,
cuyos pobres están siendo atendidos por las “detestables”
familias e instituciones de caridad cristianas.
Otros, los “individualistas”, propugnan un
estilo de vida radicalmente egocéntrico, con un falso concepto de
la realización personal como proyecto en solitario, que degrada a
la familia a los llamados “momentos familiares”, simples
caprichos pasajeros del individuo. Las ciudades se llenan de
“singles” (solteros) en viviendas para personas solas. Lo
importante es la “autorrealización”, la carrera profesional, el
triunfo social. La pareja se establece de forma temporal, sin
compromiso alguno. Los hijos, cuando se tienen, son un objeto más
de consumo para la realización personal. Los “momentos
familiares” no sirven para dar fundamento sólido a nada. Esto es
lo que está entrando en España como una epidemia imparable.
Pese a todo ello, la familia natural, como todo lo
que ha diseñado la naturaleza, se resiste a morir, aunque el
depredador humano se empeñe en acabar con ella. Se alza de sus
propias cenizas una y otra vez. Y ahí sigue, generando apoyo y
esperanza. Si en la mente de los políticos hubiese menos prejuicios
y más sensatez, besarían por donde pisa la familia.
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