Entrar en el misterio celebrado mediante los ritos y oraciones - Guido Marini

Guido Marini, Entrar en el misterio celebrado mediante los ritos y oraciones. Conferencia en el Congreso Diocesano de Soriano Calabro (Italia), 7 de septiembre de 2010.

 

Entrar en el misterio celebrado mediante los ritos y oraciones*

 

La razón de un título

Entrar en el misterio celebrado mediante los ritos y oraciones” Me parece que no puede existir un título más adecuado para explicar uno de los elementos que cualifica más a la liturgia y que, al mismo tiempo, retoma una orientación de fondo de la constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II (cf. n 48).

En efecto, cuando se trata de liturgia, se habla propiamente de esto: el conjunto de los ritos y de las oraciones mediante los cuales, nos es dado acceder al misterio de Cristo, donado a nosotros a través de la Iglesia

Vale la pena, por tanto, detenerse con calma en cada una de las expresiones contenidas en el título de la conferencia, durante la cual me referiré con frecuencia al pensamiento del teólogo Ratzinger y al magisterio de Benedicto XVI, sobre todo por el agradable deber, que siento con urgencia, de hacerme intérprete y eco fiel de su autorizada línea litúrgica. Línea litúrgica, la de Benedicto XVI, que no está dentro del ámbito del “gusto personal”, que sería también respetable, pero no por eso mismo necesariamente compartible, sino más bien como un verdadero y propio magisterio para compartir con espíritu de fe y genuino sentido eclesial.

1. “Misterio celebrado”

La presencia actual de nuestra salvación

Sabemos bien que en la liturgia se hace presente de modo sacramental el misterio de nuestra salvación. Aquél que ha resucitado de la muerte, el Viviente, renueva el sacrificio redentor por el poder del Espíritu Santo. “¿Quién salva al mundo y al hombre? –ha afirmado recientemente Benedicto XVI-. La única respuesta que podemos dar es: Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, crucificado y resucitado. Y ¿Dónde se actualiza el Misterio de la muerte y resurrección de Cristo, que conduce a la salvación? En la acción de Cristo mediante la Iglesia, de modo particular en el sacramento de la Eucaristía, que hace presente la ofrenda sacrificial redentora del Hijo de Dios…” (Audiencia general, 5 de mayo de 2010).

No se trata, por tanto, de recordar una cosa que el tiempo ha relegado a un pasado que quizás hayamos abandonado definitivamente. Ni tampoco se trata de un conjunto de ritos, ciertamente bellos, pero privados de vida e incapaces de comunicar salvación. Y mucho menos se trata de un reencontrarse juntos aquellos que comparten un ideal y que intentan crecer en la dimensión comunitaria. Se trata más bien de una celebración en virtud de la cual nosotros entramos realmente en relación con el misterio de nuestra salvación. Con Cristo Señor, el Salvador, que nos comunica su misma vida, su gracia. Así, el pasado se hace actual, lo bello es una manifestación real de la belleza del Dios vivo, las nuevas relaciones fraternas son el fruto de la obra del Señor en el corazón del hombre.

En mi opinión, se hace urgente, para cada generación cristiana, renovar la percepción de fe de tal realidad, de una celebración que verdaderamente es un lugar de encuentro con el Señor, presente en el hoy de la vida y de la historia. Siempre me ha conmovido lo que dicen a los visitantes los guías más avezados de la Basílica de San Pedro en Roma, cuando se detienen a contemplar la obra de arte de Miguel Ángel, “La Piedad”. Como se sabe, la obra del gran artista está colocada donde actualmente se revisten para la celebración eucarística cada vez que está presente el Santo Padre. Los guías resaltan que las manos de la Virgen están abiertas como para querer entregar el cuerpo sacrificado de Jesús a los que observan la escena. La Piedad fue realizada por Miguel Ángel como retablo y, por tanto, destinada para servir de fondo de altar en la celebración eucarística. De ese modo, el celebrante y toda la asamblea podían observar el gesto de la Santísima Virgen, en el acto de donar al Salvador a su Iglesia durante la celebración. ¡Qué bella es la invitación de este detalle artístico! En la celebración de la Misa el mismo Señor, resucitado de la muerte, con su palabra, con su cuerpo y con su sangre se entrega a nosotros para que podamos entrar en el misterio de su vida y, por tanto, ser salvados.

Consiéntanme, a propósito, señalar otro detalle artístico de la espléndida basílica de San Pedro. Es sabido que el baldaquino que está sobre el gran altar de la confesión, es obra de Bernini. Si se observa con atención el paño que recubre la parte alta del baldaquino, se puede notar que el diseño no es estático, sino que es capaz de dar una clara impresión de dinamismo. En otras palabras, parece que aquel paño es movido por un soplo de viento, que es al mismo tiempo delicado y decidido.

El artista ha querido subrayar de esta manera cuanto sucede en el momento de la plegaria eucarística y, en especial, durante la consagración: El Espíritu Santo desciende verdaderamente sobre el altar de la celebración y es el artífice, junto a las palabras y la acción de Cristo, de la transformación sustancial – es decir la transubstanciación- del pan y del vino en el cuerpo y la sangre del Señor (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1353). El Espíritu dador de vida, hace realmente presente al Señor Resucitado, en el acto de su sacrificio redentor. Vemos así, plasmada en el arte, la realidad del misterio celebrado. Ahora, aquí, el Salvador está presente y obrando en su misterio de amor y de gracia. Decía Juan Pablo II: “Ya que la liturgia es el sacrificio de Cristo, es necesario mantener constantemente viva la afirmación del discípulo ante la presencia misteriosa de Cristo: “¡Es el Señor! (Jn 21, 7). Nada de todo aquello que hacemos nosotros en la liturgia puede aparecer como más importante que aquello que, invisiblemente, pero realmente hace Cristo por obra de su Espíritu” (Carta Apostólica Vicesimus Quintus Annus, 10). Esta verdad del acto litúrgico, debe estar siempre en el centro de la conciencia de fe de cuantos participan en la celebración litúrgica.

El misterio sacro

Me detengo un instante en la palabra “misterio”. Está claro que con este término no se quiere dar a entender algo oscuro, esotérico, e inquietante. Se quiere más bien individuar la obra salvífica de Dios, cuya luz es tan deslumbrante que no resulta completamente comprensible para el hombre. Llegado a cierto punto, la razón humana debe dejar espacio a la fe para acceder a la Verdad. Es esta obra salvífica la que es celebrada en la liturgia Por lo tanto, la acción del hombre no tiene la primacía en la celebración, sino la obra de Dios, el acontecimiento pascual de la muerte y resurrección. No se pretende ciertamente desconocer la importancia del obrar humano en la liturgia; se quiere únicamente poner en su justo lugar la relación de necesaria dependencia del obrar humano respecto al obrar del Señor.

Así se ha expresado, al respecto, Benedicto XVI, dirigiéndose a los obispos de la Conferencia Episcopal de Brasil, en su visita ad limina apostolorum: “Ahora, la actitud primaria y esencial del fiel cristiano que participa en la celebración litúrgica no es hacer, sino escuchar, abrirse, recibir… Es obvio que, en este caso, recibir no significa estar pasivo o desinteresarse de lo que allí acontece, sino cooperar –porque nos volvemos capaces de actuar por la gracia de Dios- según la “auténtica naturaleza de la verdadera Iglesia. Que es simultáneamente humana y divina, visible pero dotada de elementos invisibles, empeñada en la acción y dedicada a la contemplación, presente en el mundo y sin embargo peregrina, y ello de modo tal que lo que es humano está ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación, la realidad presente a la ciudad futura, hacia la que buscamos” (Sacrosanctum Concilium, n. 2). Si de la liturgia no emergiese la figura de Cristo, que es su principio y está realmente presente para hacerla válida, no tendremos ya más la liturgia cristiana, completamente dependiente del Señor y sostenida por su presencia creadora” (15 de abril 2010)

Es por ello por lo que al término “misterio” es necesario unirle el término “sacro”. Afirmar la sacralidad de la liturgia significa recordar la necesidad de custodiar con delicadeza el misterio que en ella se celebra. La sacralidad litúrgica es el carácter objetivo de aquel misterio que, en su repetitividad, no deja de interesar al hombre, en cuanto que le da aquello de lo que realmente tiene necesidad y lo salva, permitiéndole entrar en la verdadera alegría.

En este sentido, la acogida del misterio en vistas a nuestra personal transformación y conversión es el principal acto al que estamos llamados en la celebración de la liturgia. Ésta, si así queremos llamarla, es la verdadera creatividad que debe caracterizar la vida del individuo y de la comunidad celebrante. Otras creatividades que no están previstas en el rito, y que en ocasiones se puede decir que son salvajes, distraen de la verdad de la celebración y corren el riesgo de ser únicamente la expresión de una auto celebración, personal o comunitaria, que pierde de vista el primer sujeto de la liturgia que es Dios.

En la intervención dirigida a la Conferencia Episcopal Chilena, el 13 de julio del 1988, el cardenal Ratzinger se expresaba en los siguientes términos: “… debemos recuperar la dimensión de lo sagrado en la liturgia. La liturgia no es una fiesta; no es una reunión con el fin de pasar unos momentos apacibles. No importa nada que el párroco se rompa la cabeza pensando quien sabe qué idea o imaginación novedosa. La liturgia es aquello que hace que el Dios tres veces Santo se haga presente entre nosotros. Es la zarza ardiente; es la alianza de Dios con el hombre en Jesucristo, que murió y de nuevo ha vuelto a la vida. La grandeza de la liturgia no está en el hecho de que ofrezca un entretenimiento interesante, sino en hacer tangible al Totalmente Otro, que nosotros solos no somos capaces de evocar. Viene porque quiere. En una palabra, lo esencial en la liturgia es el Misterio, que se realiza en la ritualidad común de la Iglesia. Todo lo demás desaparece. Algunos tratan de experimentar según una moda llena de vida, y se encuentran engañados porque el Misterio es cambiado por la distracción, y el actor principal en la liturgia no es el Dios vivo, sino el presbítero o el animador litúrgico.”

En este contexto no se debe infravalorar la cuestión inherente a las rúbricas litúrgicas, y más en general a la normativa que atañe a la liturgia. La norma litúrgica, es la protección más próxima del misterio celebrado. Cuanto la norma afirma garantiza la unidad ritual, y como consecuencia, es capaz de expresar la catolicidad de la liturgia de la Iglesia. Al mismo tiempo, la norma sirve de guía a un contenido litúrgico y de fe que una tradición multisecular y una comprobada experiencia nos han entregado, y que no es lícito tratar con superficialidad, ensuciándola con nuestra pobre y limitada subjetividad. Aquí se encuentra el fundamento de aquella indicación que es recordada con frecuencia por el magisterio pontificio pasado y presente: “Dado que las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia que es “sacramento de unidad” (Sacrosanctum Concilium, n. 26) –afirmaba Juan Pablo II- su disciplina depende únicamente de la autoridad jerárquica de la Iglesia (cfr Sacrosanctum Concilium, nn. 22 y 26). La liturgia pertenece a todo el cuerpo de la Iglesia (cfr. Sacrosanctum Concilium, n. 26). Y es por esto por lo que no está permitido a nadie, ni al sacerdote, ni a ningún grupo, añadir, quitar o cambiar nada llevado de su propio arbitrio (cfr. Sacrosanctum Concilium, n. 22)(Carta Apostólica Vicesimus Quintus annus, 10).

La Santa Misa, celebrada respetando las normas litúrgicas y con una adecuada valoración de la riqueza de los signos y gestos, -ha afirmado Benedicto XVI, al hablar en la apertura de la Convención eclesial de la diócesis de Roma, el 15 de junio de este año –favorece y promueve el crecimiento de la fe eucarística. En la celebración eucarística no nos inventamos nada, sino que entramos en una realidad que nos precede, es más, que abraza el cielo y la tierra y por tanto también el pasado, el presente y el futuro. Esta apertura universal, este encuentro con todos los hijos y las hijas de Dios es la grandeza de la Eucaristía. Vamos al encuentro de la realidad de Dios, presente entre nosotros en el cuerpo y sangre del Resucitado. Por tanto, las prescripciones litúrgicas dictadas por la Iglesia no son cosas externas, sino que expresan concretamente esta realidad de la revelación del cuerpo y la sangre de Cristo y, por eso, la oración revela la fe según el antiguo principio lex orandi-lex credendi. Y por esto podemos decir que “la mejor catequesis sobre la Eucaristía es la misma Eucaristía bien celebrada” (Sacramentum Caritatis, 64)”.

Por lo tanto, se hace necesaria una actitud equilibrada, capaz de conservar como complementarias y necesarias la perspectiva simbólico-ritual y la canónico-disciplinar. No una sin la otra, sino la una con la otra.

2. “Entrar”

El significado de un verbo

El verbo elegido como parte del título es un verbo importante. Sobre todo porque nos conduce al gran tema de la participación en la celebración litúrgica. Tema apasionante e inspirador, que a veces lleva a discusiones y, en mi opinión, también a inútiles polémicas y divisiones. ¿Quién de nosotros no desea que la liturgia pueda ser realmente participada por todos? Sobre todo desde que la Sacrosanctum Concilium y, siguiendo su estela, la reforma iniciada por el Concilio Vaticano II y el sucesivo magisterio pontificio, han insistido oportunamente en que se dé la más amplia y auténtica participación. Por otra parte, si nos preocupa la vida de la Iglesia y el encuentro de cada hombre con Cristo Salvador, ¿podemos entonces no desear que todos participen de la sagrada liturgia con el mayor fruto posible?

Por tanto, sobre lo anterior se podría decir que es difícil tener pareceres diversos. La disparidad de visiones puede empezar cuando se trata de especificar mejor qué se entiende por participación, es decir, al considerar el modo más adecuado para entrar en el misterio celebrado. A este respecto, es conocido cómo a menudo se continúan enfrentando dos modos diversos de considerar el término en cuestión. Como siempre en la doctrina católica, también en este supuesto, no hay un espacio para el “aut” aut”, o por la exclusión de un aspecto a favor de otro, sino más bien para el “et” “et” por la presencia complementaria y enriquecedora de los diversos aspectos.

Entrar en una realidad, participar en un acontecimiento es siempre una experiencia que envuelve al hombre en cada una de sus dimensiones: inteligencia, voluntad, emoción, sentimiento, acción… La exterioridad del obrar y su fundamento interior resultan complementarios y necesarios. Así es en la vida litúrgica. Precisamente porque es experiencia vital no puede menos que afectar a la totalidad de la persona humana. Así, por ejemplo, si existe una participación que procede por la vía de la comprensión de un texto, también se da la que procede de una elevación del alma producida por un encuentro con lo bello. Y si se participa mediante la acción, también es posible realizar una verdadera participación mediante el silencio, sólo en apariencia inactivo.

En el misterio celebrado, por consiguiente, se entra con toda la complejidad de nuestro ser persona humana. Y es por esto por lo que la liturgia busca siempre aquel sano equilibrio de sus elementos que hacen posible la experiencia que se aplica a todo el hombre y a cada hombre.

No me parece que, en la práctica litúrgica, esto siempre encuentre una feliz y equilibrada realización. Y me parece que, por la ley del péndulo, si antes la falta de una adecuada participación se podría deber a un defecto de comprensión y de acción, hoy tal defecto puede deberse a un exceso de comprensión racional y de acción exterior, que no siempre son complementados suficientemente por la comprensión del corazón y la atención del obrar interno, al revivir en sí los sentimientos y pensamientos de Cristo.

Entrar en el obrar de Cristo

Profundicemos todavía un poco más en la cuestión, a partir de la clara dirección establecida en la Constitución sobre la sagrada liturgia del Vaticano II: “Por eso la Iglesia se preocupa vivamente de que los fieles no asistan como extraños o mudos espectadores a este misterio de fe, sino que comprendiéndolo bien en sus ritos y en sus oraciones, participen en la acción sagrada conscientemente, piadosamente y activamente; se formen por la palabra de Dios; se alimenten en la mesa del cuerpo de Señor; den gracias a Dios, ofreciendo la víctima sin mancha, no solamente de las manos del sacerdote, sino junto con él, aprendan a ofrecerse a sí mismos, y día a día, por la mediación de Cristo, sean perfeccionados en la unidad con Dios y entre ellos, de modo que Dios sea definitivamente todo en todos” (n. 48).

Como comentario de este texto magisterial, es siempre esclarecedor cuanto afirma el cardenal Ratzinger en su volumen Introducción al Espíritu de la Liturgia: “¿En qué consiste… esta participación activa? ¿Qué es lo que hay que hacer? Desgraciadamente esta expresión se interpretó muy pronto de una forma equivocada reduciéndola a su sentido exterior. A la necesidad de una actuación general, como si se tratase de poner en acción al mayor número posible de personas, y con la mayor frecuencia posible. Sin embargo la palabra participación, remite a una acción principal, en la que todos tenemos que tener parte. Por lo tanto, si queremos descubrir de qué acción se trata, hay que averiguar, antes que nada, cuál es verdaderamente esa “actio” central en la que deben participar todos los miembros de la comunidad… Con el término actio, referido a la liturgia, se alude en las fuentes a la plegaria eucarística. La verdadera acción litúrgica, el acto verdaderamente litúrgico, es la oratio (…) Esta oratio –la solemne plegaria eucarística, el “canon”- es, en realidad, algo más que una serie de palabras, es actio en el sentido más relevante del término. Lo que, en gran medida ocurre en ella es que la actio humana (…) pasa a un segundo plano Y deja espacio a la acción divina, al actuar de Dios (pp. 195-196 edic. española).

En la celebración de la liturgia lo que precede y constituye el fundamento es el obrar de Cristo y de su Iglesia; en efecto, como nos recordaba Juan Pablo II, “la liturgia tiene como primera misión la de reconducirnos incansablemente al camino pascual abierto por Cristo, en el que se acepta morir para entrar en la vida” (Carta Apostólica Vicesimus Quintus Annus). Como consecuencia, entrar en el acto litúrgico significa entrar dentro de este obrar que nos da la salvación y transforma la vida. Se participa, entonces, en la medida en que la acción del Señor y de su Iglesia llega a ser nuestro mismo acto y su oblación de amor se convierte en la nuestra, su abandono filial y obediente al Padre es también el nuestro, y si el sacrificio del Redentor se convierte en nuestro mismo sacrificio.

Afirmaba Divo Barsotti en un celebre texto: “Es propio de la Liturgia cristiana trascender la actividad de cada hombre y de toda la humanidad para ser Acto mismo de Cristo. Pero la liturgia trasciende cada actividad humana sin excluirla, es más, comprometiéndola totalmente hasta el fondo, no solamente en cuanto que la supera, sino en cuanto que la exige y la abarca” (El misterio de la Iglesia en la Liturgia, edizioni San Paolo, p. 158).

Como sucede en las cuestiones humanas, también el obrar en el rito litúrgico posee una dimensión exterior y otra interior. El gesto de Cristo es un gesto visible, expresión de un gesto invisible. Por lo tanto, qué duda cabe de que el acto de entrar en el misterio tendrá también el componente exterior del gesto. Pero para que tal componente no se convierta en una simple y estéril exterioridad, tendrá que ser animado y al mismo tiempo ha de conducir a aquel obrar interior en el cual se conforma al obrar de Cristo y de su Iglesia.

En consecuencia, que se dé espacio a la acción exterior en la liturgia, ahí donde el rito lo permite y lo desea. Pero sin olvidar que tal acción debe de ser reconducida constantemente a su verdadera expresión en el obrar interior. Únicamente de este modo se dará un acceso auténtico al misterio celebrado.

3. “Mediante ritos y oraciones”

Lo que hemos dicho hasta ahora con respecto al “entrar en el misterio” ha tenido un carácter general. Ahora, al mencionar los ritos y las oraciones, el título nos permite abordar un ámbito más específico, es decir en el modo típico en el que la liturgia hace accesible la participación en el misterio celebrado.

En la liturgia, los ritos y oraciones se apoyan mutuamente y mutuamente se iluminan hasta el punto vivificar la celebración. El rito quedaría privado de luz sin la oración que lo ilustra; la oración quedaría privada de eficacia sin el rito que la pone en acto. La celebración litúrgica por tanto, requiere aquella fe que impide que se permanezca como un extraño tanto en la oración como en el rito.

No es una nimiedad que la tradición de la Iglesia haya tenido siempre en gran consideración la famosa catequesis mistagógica de los padres. Se trata exactamente de una catequesis que, refiriéndose a las oraciones y a los ritos, introducen a los fieles en el conocimiento y en la experiencia del misterio celebrado. De tales catequesis se siente una gran necesidad en el tiempo presente. De hecho, el abandono de la cultura cristiana, como orientación de fondo que se aprendía en la juventud y era compartida ampliamente por la sociedad, conduce a una grave forma de “ignorancia” relativa a los ritos y oraciones de la liturgia Y no se puede pedir a la liturgia lo que ella no puede dar: la catequesis. No hay duda: la liturgia se aprende también al vivirla. Pero sigue siendo necesaria aquella catequesis que es también iniciación a la experiencia litúrgica, una introducción en los misterios divinos.

Cuanto se sentía como un deber urgente ya en los tiempos del Concilio Vaticano II, me parece que hoy sigue presente, quizás con una nota de urgencia todavía mayor: me refiero a la formación. Sólo gracias a una verdadera formación litúrgica los ritos y las oraciones de las celebraciones podrán ser el camino hermoso y extraordinariamente rico para entrar en el misterio celebrado. De otro modo se corre el peligro de quedarse en el umbral de una realidad inaccesible.

Por otra parte, no se debe olvidar que la celebración litúrgica realizada auténticamente y siguiendo aquel “ars celebrandi” al que se refiere Benedicto XVI en la Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis (o, lo que es decir, plenamente conforme con las indicaciones de la Iglesia), es ya de por sí una verdadera escuela, capaz de introducir en el conocimiento y en la experiencia del Misterio de Cristo. Por tanto, los ritos y las oraciones bien celebradas son una auténtica introducción al espíritu de la liturgia.

No es mi intención entrar con detalle en los ritos y oraciones, sino más bien detenerme a considerar algunos aspectos del acto celebrativo que ayudan a entrar en la sagrada liturgia, en sus ritos y en sus oraciones. Los aspectos examinados serán pocos, aquellos que en mi opinión es más importante y urgente subrayar y explicar en el actual contexto histórico. Esto ciertamente no supone disminuir la importancia de otros aspectos. Pero no se puede hablar de todo y es necesario dar ciertas prioridades.

El silencio sagrado

Una liturgia bien celebrada, en sus diversas partes, prevé una acertada alternancia de silencio y palabra., donde el silencio anima a la palabra, permite a la voz resonar con extraordinaria profundidad, manteniendo cada expresión oral en el adecuado clima de recogimiento. Recuérdese a este propósito, lo que afirma la Instrucción General del Misal Romano: “Se debe observar, a su tiempo, el silencio sagrado, como parte de la celebración. Su naturaleza depende del momento en el que tiene lugar en la celebración concreta. Así, durante el acto penitencial y después de la invitación a la oración, el silencio ayuda al recogimiento; después de la lectura o la homilía, es una llamada a meditar brevemente lo que se ha escuchado; después de la Comunión, favorece la oración interior de alabanza y de súplica” (n 45).

La Instrucción General no hace otra cosa que explicitar cuanto la Sacrosanctum Concilium formulaba en términos más generales: “Obsérvese a su debido tiempo el silencio sagrado” (30).

Hay que resaltar que en ambos textos citados se habla de “silencio sagrado”. El silencio requerido, por tanto, no hay que considerarlo como si fuera una pausa entre un momento celebrativo y el siguiente. Hay que considerarlo más bien como un verdadero y propio momento ritual, complementario a la palabra, a la oración vocal, al canto, al gesto…

Desde este punto de vista, se entiende mejor el motivo por el que durante la plegaria eucarística y, en especial, el canon, el pueblo de Dios reunido en oración sigue en silencio la oración del sacerdote celebrante. Aquel silencio no significa inactividad o ausencia de participación. Ese silencio lleva a hacer que todos se introduzcan en el significado de aquel momento ritual que resitúa en la realidad del sacramento, el acto de amor con el que Jesús se ofrece al Padre en la Cruz para la salvación del mundo. Aquel silencio, verdaderamente sagrado, es el espacio litúrgico en el que hay que decir sí, con toda la fuerza de nuestro ser, al obrar de Cristo, para que llegue a ser también nuestro actuar en la vida cotidiana

Así, el silencio litúrgico es verdaderamente sagrado porque es el lugar espiritual donde se realiza la adhesión de toda nuestra vida a la vida del Señor, es el espacio del “amén” prolongado en el corazón que se rinde al amor de Dios y lo abraza como nuevo criterio del propio vivir. ¿No es quizás éste el estupendo significado del “amén” conclusivo de la doxología al término de la plegaria eucarística, en la que todos decimos con la voz lo que ampliamente hemos repetido en el silencio del corazón orante?

Si todo esto es el sentido del silencio en la liturgia, ¿no es quizás cierto que nuestras liturgias necesitan más espacio para el silencio sagrado?

La noble belleza

Benedicto XVI afirma en la Exhortación apostólica postsinodal sobre la Eucaristía Sacramentum caritatis: “La relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de modo particular en el valor teológico y litúrgico de la belleza. La liturgia, en efecto, como también la Revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente con la belleza: es veritatis splendor… Este atributo al que nos referimos no es mero esteticismo, sino el modo en que nos llega, nos fascina y nos cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo, haciéndonos salir de nosotros mismos y atrayéndonos así hacia nuestra verdadera vocación: el amor… La verdadera belleza es el amor de Dios que se nos ha revelado definitivamente en el Misterio pascual. La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y constituye, en un cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra… La belleza por tanto no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien, elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner una gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza” (n. 35)

Las palabras del Papa no pueden ser más claras. En consecuencia no es admisible forma alguna de ligereza, minimalismo y de una mala entendida pobreza en la celebración litúrgica. Lo bello, que encuentra su expresión en formas antiguas y modernas, es el modo propio por el que resplandece en nuestra liturgia, si bien siempre pálidamente, el misterio de la belleza del amor de Dios. He aquí por qué no se hará nunca bastante por embellecer nuestros ritos. Es lo que nos enseña la Iglesia, que en su larga historia jamás ha tenido miedo de exagerar para adornar la celebración litúrgica con las expresiones más elevadas del arte: en arquitectura, escultura, música, y en los objetos sagrados. Nos lo enseñan los santos que dentro de su pobreza personal y heroica caridad, han deseado siempre que al culto fuese destinado lo mejor.

Escuchemos de nuevo a Benedicto XVI: “Las liturgias de la tierra, ordenadas todas ellas a la celebración de un Acto único de la historia, no alcanzarán jamás a expresar totalmente su infinita densidad. En efecto, la belleza de los ritos nunca será lo suficientemente esmerada, lo suficientemente cuidada, elaborada, porque nada es demasiado bello para Dios, que es la Hermosura infinita. Nuestras liturgias de la tierra no podrán ser más que un pálido reflejo de la liturgia que se celebra en la Jerusalén de arriba, meta de nuestra peregrinación en la tierra. ¡Que nuestras celebraciones, sin embargo, se le parezcan lo más posible y la hagan pregustar! (Homilía en la celebración de las vísperas en la Catedral de Notre Dame en París, 12 de septiembre de 2008).

El crucifijo en el centro del altar

En su libro La fiesta de la fe, cuya primera edición data del año 1981, el cardenal Ratzinger se proponía el problema de la orientación en la celebración litúrgica. Traer a la consideración algunos fragmentos de su libro, me parece el modo más inmediato para entender la importancia de su reflexión y de su propuesta.

El verdadero espacio y el verdadero marco de la celebración eucarística es todo el cosmos. Esta dimensión cósmica de la Eucaristía se hacía presente en la acción litúrgica mediante la orientación (ndr. la correcta orientación hacia…). El Oriente –oriens- era también ciertamente, por el signo de la salida del sol, el símbolo de la Resurrección (y por tanto no sólo expresión cristológica, sino indicador del poder del Padre y de la obra del Espíritu Santo), además de una llamada a esperar en la parusía […] La cruz del altar se puede calificar como un recuerdo de aquella orientación que permanece en nuestros días. En ella se ha conservado la antigua tradición, que estaba en su momento estrictamente unida al símbolo cósmico del Oriente, de rezar en el signo de la Cruz al Señor que viene, dirigiéndole la mirada […] También en la actual orientación de la celebración, la cruz podría colocarse sobre el altar de tal modo que los sacerdotes y los fieles la miren a la vez. En el canon ellos no deberían mirarse, sino mirarle juntos, al traspasado […] La cruz sobre el altar no es… un obstáculo para la vista, sino un punto común de referencia… Añadiría la tesis de que la cruz sobre el altar no es impedimento sino presupuesto de la celebración “versus populum”. Se llena de significado entonces la distinción entre la liturgia de la palabra y el canon. En la primera se trata del anuncio, y por tanto de una alocución inmediata, en el otro de una adoración común, en la que todos nosotros estamos más que nunca durante la invocación –“conversi ad Dominum”-: dirijámonos al Señor; convirtámonos al Señor” (pp. 131-135 edic. italiana)

A la luz de esta clara afirmación se comprende mejor cuanto ha sido subrayado por el Santo Padre Benedicto XVI en la Introducción al Volumen I de su Opera Omnia: Teología de la Liturgia, dedicado a la liturgia y publicado recientemente en Italia: “La idea de que el sacerdote y el pueblo deben mirarse recíprocamente ha nacido en la cristiandad moderna y es completamente extraña a la antigüedad. Sacerdote y pueblo ciertamente no rezan uno hacia el otro, sino hacia el único Señor. Por tanto durante la plegaria miran en la misma dirección: o hacia Oriente como símbolo cósmico del Señor que viene, o donde esto no es posible, hacia una imagen de Cristo del ábside, hacia una cruz, o simplemente hacia el cielo, como el Señor ha hecho en la oración sacerdotal la primera tarde de la pasión (Jn 17,1).

Mientras tanto, se va abriendo camino cada vez más, afortunadamente, mi propuesta sugerida al final del capítulo en cuestión de mi obra [Introducción al espíritu de la liturgia, pp. 96-107, ed. española]. No procedería una nueva transformación, sino simplemente poner la cruz en el centro del altar, hacia la que puedan mirar juntos el sacerdote y los fieles, para dejarse guiar de este modo hacia el Señor, hacia el que oramos todos juntos.”

La adoración

¿Qué entendemos por adoración? Ciertamente no se trata de una relación intelectual o sentimental con el misterio. Se podría definir como el reconocimiento lleno de maravilla por la omnipotencia de Dios, de su majestad intangible, de su señorío providente y misericordioso, de su belleza infinita que coincide con la Verdad y el Amor… y la adoración cuando es auténtica, conduce a la adhesión es decir, a la reunificación del hombre y de la creación con Dios, a la salida del estado de separación, a la comunión de vida con Cristo… Todo esto es lo que la Iglesia, esposa de Cristo, vive en la celebración de la liturgia. Adora y se adhiere, adora para adherirse

Escuchemos de nuevo a Divo Barsotti en la obra citada anteriormente: “Y el Acontecimiento, el Acto de Cristo, es antes que nada Sacrificio, Sacrificio de adoración. El Verbo, en la naturaleza humana que ha asumido, reconoce con su Muerte la infinita santidad de Dios y su soberanía. En Él la creación finalmente adora […] Nuestra participación en el Sacrificio de Jesús, comporta que nosotros vivamos el mismo anonadamiento suyo… La condición terrena de nuestra vida, en su aceptación voluntaria, se convierte en el signo de nuestra participación al Sacrificio de Jesús, a su adoración” (Idem, pp. 174-175)

He aquí por qué todo, en la acción litúrgica, debe conducir a la adoración: la música, el canto, el silencio, el modo de proclamar la palabra de Dios y la manera de rezar, la gestualidad, las vestiduras litúrgicas y los vasos sagrados, así como el edificio sagrado en su totalidad. Me detengo un momento sobre el gesto típico y central de la adoración que hoy corre el riesgo de desaparecer, como el ponerse de rodillas, recogiendo un texto del Cardenal Ratzinger: “Nosotros sabemos que el Señor ha rezado estando de rodillas (Lc. 22,41), che Esteban (At 7,60) Pedro (At 9,40) y Pablo (At 20,36) han rezado de rodillas. El himno cristológico de la Carta a los Filipenses (2, 6-1) presenta la liturgia del cosmos como un arrodillarse ante al nombre de Jesús (2,10) y ve en esto cumplida la profecía de Isaías (Is. 45, 23) del señorío sobre el mundo del Dios de Israel. Doblando la rodilla en nombre de Jesús, la Iglesia cumple la verdad: se introduce en el gesto del cosmos que rinde homenaje al vencedor y así mismo se pone de la parte del vencedor porque ese arrodillarse es una representación y asunción imitativa de la actitud de Aquel que “era igual a Dios” y “se ha humillado a sí mismo hasta la muerte” (Revista Communio 35/1977)

Y por este motivo ha de tenerse del todo apropiada la práctica de arrodillarse para recibir la santa Comunión. Como ultima confirmación de esto escuchemos al Santo Padre en un pasaje de Sacramentum caritatis: “Ya decía San Agustín: “Nadie coma de esta carne sin antes adorarla; pecaríamos si no la adoráramos” En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia. Recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos. Precisamente así y sólo así, nos hacemos una cosa con Él y pregustamos anticipadamente la belleza de la liturgia celestial” (n. 66)

¿Se puede hablar al respecto de una contradicción respecto al acceder procesionalmente, como señal de un pueblo que se dirige hacia su Señor? La Iglesia que, en su signo externo, se dirige en procesión hacia el Señor es la misma Iglesia que, siempre externamente, en su presencia, se arrodilla y adora. Una vez más se trata de una complementariedad referida a una riqueza más grande y no de una exclusión.

También a la luz de este pasaje se entiende el motivo por el que el Santo Padre Benedicto XVI, con ocasión de la solemnidad del Corpus Domini del 2008, ha empezado a distribuir la santa Comunión a los fieles de rodillas.

El canto y la música

Me gustaría partir de una cita del papa san Gregorio Magno, en la cual se encuentra formulado con especial profundidad y eficacia el núcleo central de la música y del canto en la liturgia: “Cuando el canto de la salmodia resuena en la profundidad del corazón, el Señor omnipotente encuentra en él una vía de acceso a los corazones, para inundar a todo el que pone todos sus sentidos a escucharlo de los misterios de la profecía o de la gracia de la contrición. Así está escrito “ Un canto de alabanza me honra y ésa es la vía por la cual mostraré la salvación de Dios” (Sal 49, 23). Eso que en latín se pronuncia salutare, salvación, en hebreo se dice Jesús. En el canto de alabanza se crea una vía de acceso, por la que Jesús puede revelarse, porque cuando mediante el canto de los salmos se vierte en nosotros la contrición verdadera, se nos abre un camino que conduce desde la profundidad del corazón al final que es la unión con Jesús…” (In Ez I hom. I 15)

Así el canto y la música en liturgia, cuando están en la verdad de su ser, nacen del corazón que busca el misterio de Dios y se convierten en una exégesis del mismo misterio, palabra que en la nota musical se abre al horizonte de la salvación, de Cristo. Por tanto, hay una unión intrínseca entre la palabra, la música y el canto en la celebración litúrgica. Música y canto, en efecto, no pueden ser desligados de la palabra, que es de Dios, de la que sin embargo deben ser fiel interpretación y revelación. El canto y la música litúrgicos parten de lo profundo del corazón y por tanto de Cristo que lo habita, y se puede decir que conducen al corazón, es decir a Cristo, que es respuesta verdadera y definitiva de la petición del corazón. Ésta es la objetividad del canto y de la música litúrgica, que no debería jamás ser abandonada a la extemporaneidad superficial de sentimientos y de emociones pasajeras que no responden a la grandeza del misterio celebrado.

Es justo, por tanto afirmar que el canto y la música en liturgia nacen de la oración y llevan a la oración, permitiéndonos entrar en el misterio, usando la terminología que es parte del título de esta conferencia. Y aquí, en el canto y la música, encontramos quizás una de las vías más elevadas de entrada y de participación en el misterio, capaces de sintetizar tantos otros componentes de la participación litúrgica.

Permítanme que, hablando del canto y de la música, haga una breve referencia a la lengua latina. Es sabido cuán extraordinario tesoro de canto y música nos han dejado los siglos pasados. Y algo de ese tesoro la Iglesia lo ha definido perennemente válido, en sí mismo y como criterio para establecer aquello que puede ser verdaderamente litúrgico en las nuevas formas musicales que se van desarrollando en el tiempo. Me refiero al gregoriano y a la polifonía clásica sagrada, formas de canto litúrgico que consienten valorar, hoy como ayer, aquello que se atiene a la liturgia y aquello que , aunque de valor artístico y de contenido religioso, no puede tener espacio en la celebración litúrgica. El valor perenne del gregoriano y de la polifonía clásica consiste en su capacidad de hacerse exégesis de la palabra de Dios y, por tanto, del misterio celebrado, de estar al servicio de la música y del canto. ¿Podremos nosotros renunciar a mantener vivos tales tesoros que nos ha dejado durante siglos de historia de la Iglesia? ¿Podemos nosotros hoy en día no tomar en consideración aquel patrimonio extraordinario de espiritualidad? ¿Cómo sería posible alguna vez dar cuerpo a un más amplio y digno repertorio de canto y de música para la liturgia si no nos dejamos educar por aquello que lo debe inspirar?

Ésta es la razón por la que debemos conservar de manera adecuada el latín. Sin olvidar tampoco otros aspectos de esta lengua litúrgica, como su capacidad de expresar la universalidad y catolicidad de la Iglesia, a lo que verdaderamente no es lícito renunciar. ¿Cómo no traer a este respecto el ejemplo de la extraordinaria experiencia de catolicidad en la basílica de San Pedro, cuando hombres y mujeres de todos los continentes y de nacionalidad y lengua diversas rezan y cantan juntos en la misma lengua? ¿Quién no percibe la cálida acogida de la casa común cuando, entrando en una iglesia de un país extranjero puede, al menos en algunas partes, unirse a los hermanos en la fe en virtud del uso de la misma lengua?

Para que en la realidad concreta esto siga siendo posible, es necesario que en nuestras iglesias y comunidades se conserve el uso del latín, como algo ordinario y con la oportuna prudencia pastoral.

Conclusión

Como decía al inicio de esta relación, al considerar algunos aspectos celebrativos he tenido que seguir ciertas prioridades Subrayar alguna prioridad, arrojar luz sobre algunos problemas, proyectar posibles cambios, forma parte del deseo de contribuir a la plena y auténtica realización de la reforma litúrgica abierta por el Concilio Vaticano II. Para todos nosotros tal reforma fue y sigue siendo providencial en el camino histórico de la Iglesia, que se desarrolla y crece según una lógica de continuidad y de organicidad de acuerdo con su pasado. No obstante, justo porque se desea que tal reforma, en su ejecución, sea plenamente fiel a las orientaciones conciliares y dé todos los frutos esperados, es también lícito examinar las problemáticas que con el tiempo se han generado por algunas actuaciones no siempre felices y por otras realizaciones concretas poco inspiradas. La verdadera fidelidad a la reforma querida por el Vaticano II requiere que, mientras se promueve todo aquello que es verdadero don de renovación, se lleven a examen con serenidad, ánimo eclesial y sin prejuicios ideológicos los problemas existentes. Es un mismo amor el que nos debe animar a todos: aquel amor por el Señor, por su Iglesia, por la liturgia, que es acción de Cristo y de la Iglesia.

Mons. Guido Marini

Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias



 

* Traducción del original italiano por Eduardo Ruiz Fernández para www.collationes.org.

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